lunes, 13 de agosto de 2012

A veces, me miro al espejo y me descubro a mí mismo tratando de despejar esas dudas que me asaltan con frecuencia creciente conforme van pasando los años, y preguntándome si esa imagen que veo reflejada se corresponde con aquello que años atrás imaginaba que llegaría a ser.

No me lo pregunto muy a menudo, pero, ¿soy feliz? Si lo soy, ¿cuándo lo soy? y ¿cuánto?

No siempre mantengo tan a raya como quisiera a mis propios miedos. Temo profundamente despertar un día y no ser capaz de reconocerme. Me aterra poder descubrir que esa seguridad que creo tener en mí mismo no es auténtica, y que el aceptable grado de estabilidad del que disfruto no pasa de ser un simple e impostado mecanismo de autodefensa.
A veces, siento que la percepción de mi propia realidad se presenta difuminada, como cubierta por un halo neblinoso que si bien deja pasar la luz, impide enfocar la vista para poder ver las cosas con claridad. Cada decepción o fracaso es como una cicatriz sobre la delgada capa que separa la estabilidad de la incertidumbre y que siempre amenaza con desgajarse.

Cuanto más seguro estoy de ser el artífice de cada pequeño logro que alcanzo, más cercano presiento el monstruoso precipicio que irremisiblemente se abre bajo mis pies. Cada vez que dejo de sentir mi propio peso sobre la tierra, dudo, puesto que de dudas estoy hecho.
Creo, o sé más bien, que la felicidad como tal no existe, sino tan sólo los momentos felices. Son esos los que quiero aprender a atesorar, a disfrutarlos con mayor intensidad y exprimirlos hasta la última gota. Pero generalmente el miedo a perder vence siempre a mis ansias de compartirlos con los demás.

Es la felicidad, decía.
Esa misma felicidad en la que no creo al menos como concepto definible, mensurable, ponderable o reconocible. Es esa que no puede existir salvo en una imaginada balanza en la cuál también se encuentra la tristeza como necesario contrapunto. Esa a la que todo ser humano busca con dedicación. Esa tentación con forma de mujer que no siempre me concede de buen grado sus favores. Esa traicionera tahúr que sabe hacer que te sientas tentado a participar en un juego en el que sólo podrás ganar cuando ella así lo decida, y siempre con la aviesa intención de dejarte el alma vacía y atormentada.

Es esa misma, también, a la que nunca pienso dejar de perseguir, porque el camino que he recorrido en su búsqueda era el fin en si mismo, aunque hasta ahora no me hubiese dado cuenta.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Concierto conmemorativo de Santa Cecilia. Iglesia de Santa Isabel de Portugal, 22 de noviembre de 2010.

Junto a Pepe Baselga, La Rossignol (anónimo) y L'encouragement, Op. 34 (Fernando Sor). Recomiendo abrirlos en la propia página de youtube y ver en HD.









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lunes, 11 de julio de 2011

Acerca de lo popular y lo relevante.

Hoy hace un año desde el día en el que la selección española de fútbol ganó el título mundial en Sudáfrica.
Iban ya ni se sabe cuántas ediciones cayendo en las rondas preliminares o en el primer cruce eliminatorio y en esta ocasión, por A, por B, porque ya tocaba, porque sonó la flauta o por una extraña conjunción interplanetaria, se logró el objetivo.
Todos lo vimos y lo disfrutamos, en mayor o menor medida. Con más o menos emoción y nervios. Con alegría contenida o desbordada. Con sosiego o con pasión irrefrenable. Todos estuvimos abarrotando los bares, las casas de amigos, los pabellones polideportivos, las plazas públicas…

Todo eso está muy bien. No seré yo quien haga de menos a este logro.

Un año justo hoy, como decía. La noticia de la jornada, sin ninguna duda.

Pero, ¿es esto lo más relevante que ha sucedido a lo largo del día de hoy? ¿Es lo principal, lo más importante? Echemos un vistazo a la edición online de alguno de los principales periódicos del quiosco:

Crónica Internacional: Gordon Brown denuncia que también fue espiado por los medios de Rupert Murdorch. Esta noche no dormiré dándole vueltas al asunto, seguro.
En lo económico: la prima de riesgo española alcanza los 330 puntos básicos de diferencia sobre el bono alemán y el Ibex 35 pierde un 2,7%. Bueno, es importante, pero a fin de cuentas sólo es una mala noticia más relacionada con nuestra precaria economía. Nada que no pueda empeorar mañana mismo.
En lo político: Pepe Blanco portavoz del Gobierno. Vale, a duras penas sabe hablar al mismo nivel que un escolar mediocre de 4º de primaria, pero total, para lo que va a decir…
“Sociedad”: Ortega Cano sale del hospital entre vítores y aplausos de cientos de curiosos. Supongo que es lo mínimo por has matado a alguien conduciendo borracho y a velocidades poco menos que supersónicas. ¿Qué le aplauden, la puntería?...
Televisión: Belén Esteban dice no sé qué y… ¡buf! Qué hastío, paso. La única noticia acerca de esta señora en la que me fijaré con un mínimo de atención será en su necrológica.

Ciencia (en un rinconcito y no de todos los diarios): el doctor Pedro Cavadas lleva a cabo en el hospital de La Fe de Valencia el primer trasplante simultáneo de ambas piernas a un paciente. En este caso, las prótesis ortopédicas no eran viables. Es muy pronto para saberlo, pero el equipo médico confía en que si no hay rechazo o complicaciones similares el receptor del trasplante podrá nadar y caminar con cierta normalidad antes de un año.
También hemos sabido que el paciente al que hace dos días le extirparon la tráquea y se la sustituyeron por otra artificial recubierta con células madre propias evoluciona satisfactoriamente. Al estar dicha prótesis tratada con estas células, el organismo acabará por tomarlo como parte de sí, evitando el rechazo y la necesidad de tomar medicamentos inmunosupresores durante toda su vida.

Pues bien. Tomemos como ejemplo la edición de Internet de dos de los diarios generalistas más vendidos en este país y comprobemos la trascendencia que alguna de estas noticias han tenido entre los lectores:
Noticia referente al aniversario de la consecución de la Copa del Mundo: 500 comentarios de media a las 23,10 horas.
Noticia referente al doble trasplante que el Doctor Cavadas ha realizado: no se admiten comentarios en uno de los diarios y en el otro hay 4 personas que han emitido su opinión al respecto.

Como decía al principio de este escrito, no seré yo quien quite mérito a la selección por haber ganado el Mundial. Pero son noticias como esta última las que deberían hacernos salir en masa a Cibeles o Canaletas.

Y todavía hay quien duda que existan los milagros. Milagros se dan todos los días, solo que habitualmente, aparecen arrinconados en los más recónditos recovecos de los periódicos.

Y casi todos ellos vienen de la mano de la ciencia.



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sábado, 2 de julio de 2011

Concierto Mudéjar, para Guitarra y orquesta de cuerda. Antón García Abril.

Grabado 10 años atrás (en abril de 2001, por ser más concretos) en el salón de actos del Conservatorio Profesional de Huesca. El -magnífico- pianista es mi buen amigo David Gracia Beltrán y el guitarrista es, pues bueno, ya os lo podéis imaginar...


I - Moderato, Allegro non troppo
 
II - Andante
 
III - Allegro



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viernes, 1 de julio de 2011

En recuerdo a Katalyn, grandísima amiga.


Junto al Generalife - Joaquín Rodrigo


Koyunbaba, Op. 19 - Carlo Domeniconi (parte 1)

 

Koyunbaba, Op. 19 - Carlo Domeniconi (parte 2)

 


Cuatro años ya sin ti.
We miss you.


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martes, 21 de junio de 2011

La mala gente.

Dicen que nadie es intrínsecamente malo. Dicen que todos los seres humanos, incluso aquellos que están absolutamente podridos en esencia, albergan un resquicio de bondad en algún pequeño rincón del alma.

Eso dicen.

Y una mierda...

Tras toda una vida absolutamente convencido de no tener la capacidad de albergar odio hacia nadie y de que entre mis muchos defectos no se encontraba el resentimiento, estoy comenzando a cuestionarme también esta creencia, al igual que he hecho con tantos y tantos planteamientos a lo largo de los años.

Sí que hay gente que merecería que le ocurriese lo peor imaginable. Sí hay gente mala, capaz de jugar con el dolor ajeno y quizá hasta disfrutar con ello. Gente mala per se.

Hoy no puedo dormir. Creo que es por la indignación que en este momento siento.

Pero puede que me equivoque, quizá no es indignación y sólo se le parece.

Quizá es odio.


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sábado, 18 de junio de 2011

De mis alumnos, por mis alumnos, para mis alumnos.

A veces me cansan, a veces me animan, a veces los quiero y a veces no, a veces me hacen sonreír y a veces me enervan, aunque siempre los aprecio.

Hay días en los que me agotan. En otros, en cambio, el tiempo pasa como si cada hora se hubiese convertido en un suspiro.

Cierto es que hay algunos que no estudian, por el aula han pasado unos pocos que claramente expresaban a través de su actitud que no querían estar ahí, pero esto se compensa porque los hay estudiosos, comprometidos, trabajadores, aplicados, serios, formales y cumplidores.

Muchos son conscientes del sitio en el que están, de la gran cantidad de peticiones y de las pocas plazas para estudiantes que se ofertan en dicho lugar. También hay otros, casos esporádicos, que no aprecian el valor de lo que se les está aportando, de la educación global que están recibiendo por parte de todo el profesorado.

Los hay (pocos) que cuando les hablas, te miran exactamente en el mismo modo en el que lo hacen las vacas cuando ven pasar el tren. Ni te escuchan ni te oyen y te ven, pero sin mirarte. Otros, en cambio, beben cada una de tus palabras con el mismo ansia que lo harían con un vaso de agua fresca en mitad del desierto.


Sin entrar a valorar aquí y ahora si estas aseveraciones son verdad, reconozco que los profesores tendemos a generalizar y afirmamos frecuentemente, casi como un mantra, aquello de que “hoy los alumnos dan menos de sí que antes”, o “no tienen la capacidad de sacrificio que años atrás nuestros profesores encontraban con facilidad en nosotros”. Puedo quejarme de ello, si es que tales aseveraciones son ciertas, y a veces lo hago. En ocasiones hasta tendré razón por esas quejas, pero hoy mismo, algunos de mis alumnos tenían una importante prueba para asegurarse la continuación de sus estudios. Pues bien, uno de ellos ha acudido literalmente a la carrera tras finalizar un examen en la universidad y otro allí estaba, puntual, dispuesto y firme, a pesar de que salió ayer mismo del hospital, donde había estado ingresado varios días por una enfermedad de la que afortunadamente ya se ha repuesto por completo. Yo, sin embargo, he acudido desde casa y tras dormir bien por primera vez desde hace varias noches y por ello no es hoy precisamente el mejor día para entrar en ese tipo de cuestiones relacionadas con si es más o menos dura y sacrificada la vida del estudiante de 2011 comparada con la del de 1990 o la de 2000.

Me gusta ser enérgico en el aula, pero cercano. A veces vehemente, otras tomando un perfil más bajo. Cordial siempre, pero dejando también claro que aunque ocupe el mismo lugar espacial que el alumno estamos en roles diferentes. Sarcástico por naturaleza, enérgico por necesidad, pragmático por convicción. Comunicativo y en ocasiones demasiado hablador (herencia de mi madre), pero atento también a todo lo que quieren decir y a aquello que aportan al proceso de su aprendizaje. Sigo a rajatabla un consejo que me dio, años atrás, Joaquín Clerch, uno de los que han sido mis tres grandes maestros: “mira siempre al alumno desde sus propios ojos, no desde los tuyos”.

Procuro que sean conscientes y sepan que mucho más que la precisión de sus escalas o la limpieza en sus acordes, me importan sus problemas, sus inquietudes y sus dudas. Antes que proyectos de guitarristas, son niños y adolescentes y como tales tienen sus problemas que entran al aula al mismo tiempo en el que ellos lo hacen y que con ellos se van. Saben o han de saber que conmigo tienen que trabajar, ya que esta es la única y principal realidad de la que la pedagogía contemporánea parece haber huido: la disciplina como único camino al éxito y el esfuerzo como compañero fiel en el camino. Pero dejando esto a un lado, mi primera labor es saber diferenciar entre pedirles trabajo y cargarles con pesos que no pueden acarrear a sus espaldas.

Soy consciente de que a veces les conmino a tener el suficiente espíritu de sacrificio como para abordar cosas que yo mismo no hacía a diario durante mis primeros tiempos como estudiante de música. ¿Cuando tenía 15 años, realizaba ejercicios específicos de técnica todos los días sin excepción? ¿Me había establecido ya rutinas firmes y regulares de estudio? Probablemente no. ¡Demonios, no! Reconozco que eso es así, pero mi obligación es pedir 100 para que hagan 20. Supongo que todos tenemos ese pequeño punto cínico e hipócrita que es inherente a los seres humanos que somos. Porque, ¡oh, sorpresa! Sí, los docentes somos también seres humanos.

Soy persona, tengo mis altibajos y por ellos no siempre rayo al mismo nivel. Algunas veces llego a clase cansado y sin energía, otras muchas, lastrado por el dolor de espalda. En ocasiones tengo la cabeza en otra parte por muy consciente que sea de que debo dejar, o al menos aparcar, los problemas fuera de las cuatro paredes que conforman el aula, pero no siempre puedo. En realidad, pocas veces lo consigo, aunque bien es cierto que pongo el máximo empeño en tratar de conseguir que ellos no perciban ni mi cansancio cuando lo siento, ni mis problemas cuando los tengo. Estoy allí para tratar de solucionar los suyos, al menos en lo que al aprendizaje del instrumento se refiere, y no para cargarles con los míos propios y particulares.

No hay día en que al terminar la jornada no me vengan a la cabeza las mismas preguntas: ¿Me habré expresado con claridad? ¿Sobreexplico a veces? ¿Le estoy exigiendo poco o demasiado? ¿Le estoy llevando al ritmo correcto? Enseñar es dudar, siempre. También reconozco que me invade una gran sensación de orgullo cuando al finalizar una clase tengo la impresión de que me ha salido “redonda”. Es posible que el alumno que acaba de salir por la puerta todavía no sea consciente de ello, pero me conforta pensar que llegará un día en el que la recordará, aunque quizá nunca llegue a reconocérmelo.

Trato de ser consciente del ascendente que tengo sobre ellos. Me explico: hay que valorar que, a fin de cuentas, no “sólo” les enseño a tocar la guitarra, siendo esto quizá lo menos importante en la relación profesor-alumno en el caso que nos ocupa. Por la propia idiosincrasia de los estudios de instrumento en el conservatorio, pasamos una hora entera con ellos a la semana encerrados en el aula cara a cara y de manera individual, mas otra en la que comparten la clase con algunos compañeros. En esta hora que compartimos, estoy convencido de que algunos hablan más conmigo que con sus propios padres a lo largo de toda la semana, especialmente los adolescentes. Les enseñamos a tocar, no les psicoanalizamos, de acuerdo, pero supongo que esta que tenemos con ellos no deja de ser una cercanía que, a la fuerza, alguna influencia tanto para el presente como para el futuro tendrá.

Algunos siguen participando de las actividades que organizo, a pesar de que ya terminaron su tiempo de estudio conmigo años atrás. Esto me lleva a pensar, aunque peque de inmodestia, que algo bueno habré hecho o algo les habré aportado, porque si no, no estarían allí.

Serán más o menos listos, tendrán mayor o menor capacidad de sacrificio, estudiarán más o menos, pero son mis alumnos y si he llegado a donde he llegado (cuán cerca o lejos es irrelevante) es gracias a ellos.

¿Cómo y de qué puedo quejarme, si por grande que sea mi esfuerzo, en ocasiones olvido lo igualmente importante y meritorio que es el suyo?

Me gusta enseñar y me encanta que sean mis alumnos. A ellos me debo y por ellos soy lo que soy.

Sirva este escrito como homenaje a ellos, a quienes doy gracias por enseñarme tantas y tan valiosas cosas.


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lunes, 25 de abril de 2011

Guitarra, así eres tú.


Susurras y es tu voz dulce y galante.
Tus notas son a un tiempo risa y llanto.
De día eres jovial y desbordante.
De noche sufre el alma al oír tu canto.

Guitarra así eres tú, clara y sombría.
Ocaso de una luz triste y salvaje.
Recuerdo del ayer tu melodía.
Preludio del mañana tu linaje.

Ni el más grande pintor ha concebido,
ni un dios del Monte Olimpo ha recreado,
la fuerza que en tu cuerpo se adivina.

Aquél que te ha escuchado y ha sentido
el tacto de tu piel, se ha condenado.
Tan sólo quien te toca te imagina.



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sábado, 23 de abril de 2011

Soneto deslavazado.


Y es el alma, que muestra su semblanza,
sin apenas más razón que mi delirio.
Y mostrando la cruel marca del martirio,
clama al cielo, perdida la esperanza.

Y es el cuerpo, que añora la dulzura,
del roce de otras manos y otra vida.
Y finge, pues su mente confundida,
disfraza de color lo que es negrura.

Que venga aquí la muerte a visitarme.
Que pueda de esta vida despedirme.
Que no deje el Demonio de tentarme.

Que logre de mis culpas redimirme.
Que griten que yo siempre fui cobarde.
Mas digan que cumplí con no rendirme.




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domingo, 20 de febrero de 2011

He descubierto que soy un ser humano, no me mires así.

No me gusta que me den la razón por que sí. Al final acabarás por creer que la tienes y de esa actitud sólo nace la suficiencia y el narcisismo.

No me elogies si no lo merezco de verdad y aun en ese caso, hazlo con moderación. De los elogios nada se aprende, como sí lo hacemos de la crítica si es esta constructiva y bienintencionada.

A fuerza de golpes he aprendido que cuando dentro de un grupo todos piensan igual, hay que abrir las ventanas y dejar que entre aire nuevo.

¿Nunca te han dicho aquello de “vive este día como si fuese el último día”?
Yo ya no lo hago (¿lo hice realmente en algún momento de mi vida?). Lo encuentro agotador.

Ahora ya no me hago promesas ni me planteo propósitos de inexcusable cumplimiento. Así no tengo que mentirme.

No me gusta dar consejos (aunque no hago más que darlos, es mi naturaleza cínica), uno corre el riesgo de que le tomen en serio o lo que es mucho peor, que le hagan caso.

No pretendo caer bien a todo el mundo, antes lo hacía, pero ya no.

No pretendo agradar siempre, no pretendo gustar a todos, no pretendo ser perfecto y he dejado de castigarme por mis errores.

No puedo luchar contra lo irracional, porque aun siendo marcadamente analítico, no tengo pensamiento científico.

Ya no sueño con terribles abismos a los que caigo, quizá sea porque me cansé de despertar siempre antes de estrellarme contra el fondo.

El pragmatismo es muchas veces una excusa para no lanzarse al vacío. Los que somos de naturaleza cobarde nos escondemos detrás de él.

En la mayor parte de los casos, la inteligencia es una condena a una cierta infelicidad.

No creo en la felicidad, sólo en los momentos felices.

No creo en la suerte. Creo en la buena y en la mala suerte.

En mi balanza personal, el miedo a perder a quien quieres supera al placer de sentirse querido.

En realidad sólo quiero ser una buena persona, aunque no tenga del todo claro ni si es posible serlo, ni cómo serlo.
  
Aunque estoy aquí hablando de mí mismo, no soy de los que se miran el ombligo continuamente. Pero se vive bien en un cierto nivel de hedonismo, la verdad es que sí.


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jueves, 23 de septiembre de 2010

Quiero volar...


JUAN SALVADOR GAVIOTA (Jonathan Livingston Seagull). Richard Bach, 1970.

  ¿Quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿adónde vamos? (y, sobre todo, ¿por qué vamos?). Estas preguntas -la Santísima Trinidad del existencialismo. Las tres Marías habituales de todo ser humano cuando nos da por reflexionar- son las que intenta averiguar el protagonista de esta fábula, que no es otro que una gaviota y de ahí su más que apropiado apellido.
  
  Juan Salvador Gaviota es uno más de su bandada, al menos en apariencia. Pero bajo su plumaje blanco y gris se esconde un alma distinta a la de sus congéneres, un corazón que anhela libertad, que desea ser distinto al resto sin recibir reproches por ello. Desea mantener su imagen de individualidad dentro del grupo, ser él mismo sin reservas, obedeciendo a sus propias reglas; pero lo que más desea, su máxima aspiración sobre todas las cosas es volar. Volar más rápido, volar más alto, volar más lejos (si esto no es espíritu olímpico, no sé qué podrá serlo...). Pero no por la necesidad de conseguir pescado para comer o de desplazarse, sino por el mero placer de volar, de contemplar el mundo desde una nueva perspectiva, de conocer paisajes nunca vistos antes por otra gaviota, de contemplar un amanecer desde los cielos mientras sus compañeras duermen posadas sobre las rocas en la playa, de rozar la superficie del mar con las alas en un vuelo rasante, de sentirse libre y dueño de su destino, en definitiva.

    Nuestro alado protagonista quiere aprender a volar rápido, muy rápido. Ansía hacer rizos, vuelos nocturnos, balances, tirabuzones, vuelos lentos, picados, vuelos invertidos y cambios rápidos de sentido. Empíricamente descubre que desplegando sus alas tan sólo a la mitad de su envergadura puede evitar que el viento las doble y le haga precipitarse al suelo. Con largas horas de práctica acabará por aprender todos los secretos del vuelo libre, impresionando a sus compañeras con su velocidad, pero negativamente al Consejo de la bandada, que considera peligrosa y subversiva a una gaviota con un comportamiento tan fuera de lo común. Su alma grita en rebeldía, y es ese metafórico grito lo que le alejará definitivamente del grupo, al ser condenado al exilio del mismo tras un juicio al que se verá sometido por haber puesto en peligro la vida de otro miembro del grupo al chocar con ella tras cruzarse por delante, en un desdichado capricho del destino.

  Tras la exclusión y el destierro, pasará el resto de su vida en soledad. Su único pesar, que no resentimiento, es que sus congéneres no comprendiesen el poder único de volar, que se negaran a abrir los ojos y comprender la Verdad: que no hay limitación que impida alcanzar un objetivo cuando el empeño que ponemos en conseguirlo es lo suficientemente grande.

  Cuando muere, dos gaviotas resplandecientes le acompañan al cielo, donde descubre a muchas otras como ella. Estas gaviotas celestiales le mostrarán el Paraíso, en el que a pesar de ser un lugar de libertad, también encontrará algunas limitaciones para desarrollar su capacidad de vuelo. Pero ahora nuestro protagonista gaviota es feliz, ya que ha encontrado un entorno en el que puede dar satisfacción a las dos cosas que más anhelaba hacer en el mundo: volar libremente sin las ataduras de la gravedad e instruir a aquellas que, como él, han iniciado la búsqueda de su propia identidad, sabedoras de que el mundo es algo más que aquello que sus ojos pueden percibir.

  La búsqueda de la propia identidad como leitmotiv. El aprendizaje no ya como finalidad, sino como único camino. Encontrar el lugar de cada uno en el mundo y otras reflexiones de este tipo son las bases de ésta novela corta en extensión, pero grande en contenido. Juan Salvador Gaviota es a su manera una homilía acerca del sacrificio del individualismo sobre el grupo y un canto al autoperfeccionamiento. El autor no pretende pontificar ni ofrecer una moraleja clara y pueril del estilo “si eres bueno con los demás irás al cielo” ni otras tonterías semejantes. Si lo que el autor pretendió en origen fue hacer reflexionar al lector, hay que decir que desde luego ese objetivo lo consigue. Es un libro breve para leer en momentos de tranquilidad, relajados e intentando identificarnos con alguna de sus enseñanzas, que no por manidas pueden considerarse menos absolutas.

  Es este, aunque suene algo edulcorado, un libro para leer en una noche clara y estrellada de verano en la montaña. Es una bonita historia, inofensiva, pero para nada intrascendente.


José M. Bailo


 

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Porque tú eras tú…

Nada cambió por el mero hecho de venir al mundo y nada cambió por ver la luz del sol.

Nada cambió cuando asomó el primer diente y nada cambió por empezar a caminar.

Nada cambió tras la primera caída y nada cambió por las primeras palabras que balbuceé.

Nada me cambió el primer año de colegio y tampoco cambió nada cuando aprendí a leer.

Nada cambió cuando escribí mis primeras fases y nada cambió por un cumpleaños más.

Nada cambió cuando la niñez tocó a su fin y nada cambió tras cada Navidad.

Nada cambió al llegar el instituto y nada cambió por los años que allí pasé.

Nada me cambiaron los primeros besos y nada cambió por el primer amor.

Nada cambió por la primera borrachera y nada cambió el tratarla de ocultar.

Nada cambió en mí aquella lejana primera vez y nada cambiaron las que le han seguido hasta hoy.

Nada cambió por la música y nada cambió ni por el mejor concierto ni por el peor que pude ofrecer.

Nada cambió por tener buenos amigos y nada cambió cuando con algunos hubo que tomar rumbos diferentes.

Nada cambió empezar a vivir sólo y nada cambió por ganar más o menos dinero.

Nada me cambiaron las pequeñas alegrías y nada me cambió ninguna decepción.

Nada cambió nada y nada cambió por nada…


Hasta que tú te fuiste.

Entonces y sólo entonces descubrí que tú eras el hilo que cosía cada retal, la solución de cada problema, la chispa que prende cada hoguera y la auténtica razón de ser de todo aquello que he hecho desde el primer día de mi vida. Puede que lo viera tarde y nunca te lo dijera, pero tú siempre lo supiste.

Te echo de menos mamá, quizá más cada día que pasa. Pero al menos ya soy capaz de esbozar una sonrisa cuando pienso en ti, cuando me quedo embobado viendo tus fotos.

Te quiero más si cabe que nunca. Porque aun sin estar, de alguna manera sigues aquí. Porque fuiste todo lo que fuiste.

Puede que tu vida sea pasada, pero yo te quiero en presente.

Porque tú eras tú.





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jueves, 12 de agosto de 2010

La insoportable levedad del ser (…del ser profesor en nuestros días). Reflexiones de todo a 100 acerca de la docencia y la decencia.

Sentencia en ocasiones una buena amiga mía, gallega para más señas, que “nunca hay que discutir con un idiota, porque te arrastrará a su nivel y te machacará gracias a su experiencia”. Vale, la cita no es suya, pero me viene que ni pintada para iniciar este texto que os presento aquí y que no es otra cosa que una colección de fragmentos escritos por mí en diversos foros a lo largo del tiempo y que tienen como común denominador el hecho educativo.
La mayor parte de lo que en ellos aparece corresponde a lo que pensaba un par de años atrás y también a lo que sigo pensando hoy en día, porque si “veinte años no es nada”, según el tango, no creo que el pensamiento de uno sea tan voluble como para reformarse por completo en apenas una décima parte de ese mismo lapso temporal.

Huelga indicar que estos párrafos están descontextualizados en su mayor parte
, por lo que ni se pueden considerar un todo ni tomar al pie de la letra, ya que provienen de momentos distintos y de situaciones diferentes. Algunos de ellos son respuestas a preguntas, comentarios u opiniones de terceras personas. En esos casos veréis que estas aparecen resaltadas en otro color, para que quede claro que no me pertenecen a mí.

Lo del necio que aparece al principio va por todos aquellos que pretenden conocer la manera en la que deberías desempeñar tu trabajo mejor que tú mismo aun sin haber plantado su huella más allá de la primera baldosa del aula (habla siempre aunque no sepas y si sabes menos que nadie, grita más que los demás. Deporte patrio por excelencia), aunque este hecho es universal y no sólo lo sufren los docentes con muchos padres, sino también los médicos con muchos pacientes, los albañiles con muchos aparejadores, los … con los…

Al tema.


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El rol que jugó la Escuela (con mayúsculas) durante muchas generaciones, con mayor o menor acierto era el de la instrucción, esto es, el imbuir datos y conocimientos en las cabecitas de los educandos. Hoy en día el papá medio español aparca a los nenes en el colegio/instituto y proclama a los 4 vientos: "aquí traigo a mis vástagos, EDÚQUENLOS". Ni que decir tiene que nuestro spanish papá (o mamá) no comprende que si él no es capaz de "meter en cintura" a su unigénito, difícilmente lo conseguirá el pobre y sufrido maestro que como el suyo, tiene a 30 y todos al mismo tiempo (unos cuantos de ellos no entienden ni una palabra de español, para más INRI).

A nosotros, generalizando, quienes nos educaron fueron nuestras madres.

La Escuela es un gran refuerzo durante todo el proceso, pero ni puede ni debe educar (hoy en día casi nos conformamos con que nos socialicen a la muchachada). Eso se hace en casa, mis queridos mamis y papis.

¿Cómo?

- A los dos años no es asumible que le dejes elegir entre una pera y dos natillas para merendar. Pera o pera, porque soy tu padre/madre y SÉ lo que es bueno para ti.
- A los tres no puedes decir que le dejas saltar en el sofá con los zapatos puestos porque "le has dicho 20 veces que no lo haga y no te hace caso".
- A los 7 no puedes comprarle la "playestesion 9" porque es más sencillo tenerlo entretenido con eso que tratar de dialogar con él y dedicarle tiempo.
- Cuando hace la Primera Comunión no puedes gastarte 6000 euros en la ropa y el convite, porque le estás mandando un mensaje "un pelín" equivocado.
- A los 9 no le compras un móvil. UN NIÑO DE 9 AÑOS NO NECESITA UN MÓVIL PARA NADA.
- A los 11 no transiges con lo de ponerle tele en su habitación.
- A los 13 no le das carta blanca en Internet. La de porno que habría visto yo a los 13 años si hubiese siquiera existido algo parecido a lo que tenemos hoy.
- A los 15 no se sale hasta las 4 de la mañana (pueblos pequeños y fiestas patronales aparte). Un NIÑO/A de 15 años no es un adulto joven todavía y no pinta nada a esas horas en la calle. ¿Que tus amigos lo hacen y si no te dejo me odiarás? Me la sopla. Como tienes 15 años y me vas a odiar igual, que a esta edad es tu obligación, hago lo que considero que es mejor para ti.

Y así "sustantivamente".


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Por otro lado es una pena que se pierdan las buenas costumbres de trato con los profesores, las puestas en común por el bien de los chicos, y en general la implicación de los padres en todo el sistema educativo. Y digo bien implicación, porque para mí, si bien los profes enseñan y los padres educan (o así debería ser), todo cuenta en la educación y todo cuenta en la enseñanza.

Yo tengo una teoría: la educación en el seno del hogar, tal y como la concebimos los que rondamos o pasamos de los 30, terminó en el momento en el que la mujer se incorporó de pleno derecho en el mercado laboral. Que esto era lógico y de ley es un hecho, porque la sociedad ha cambiado más en los últimos 30 años que en los 300 anteriores y el atávico rol de “hombre trabaja - mujer cuida la casa y los niños” desapareció. Todo movimiento hacia una dirección repercute en movimientos hacia otras y el hecho de que la mujer pase el día en su puesto de trabajo implica que no esté en casa cuando los niños terminan el colegio. Otro tema sería hablar de si es un avance social el hecho de que hoy sea necesario que ambos progenitores trabajen para tener un nivel de ingresos y poder adquisitivo similar al que se tenía apenas 30 años atrás, pero cuestiones como la carestía comparada de la vida entre diferentes épocas y los lujos que “necesitamos” hoy en día para vivir y que antes ni existían ni se les esperaba, son ya un tema que no me apetece entrar a valorar.

Retomando el argumento: a nosotros, el 90% de las pautas educativas generales nos llegaron por parte de nuestras madres. A los niños de hoy en día les llegan por Internet, la tele o la "plallesteision".

Y menos mal que están los abuelos... esos sí que merecen un monumento dentro de cada familia.


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Ya sé que hablar de cómo es educar a un hijo cuando no eres padre es un ejercicio un tanto demagógico. Es, en cierto modo, como los sermones acerca de la vida en pareja que nos regalan los curas boda tras boda. Pero como por un lado este es mi blog y en él hablo de lo que quiero y como estamos además en una sociedad en la cual el más ignorante suele ser quién más pontifica, por el otro, hablaré de lo que quiera, por mucho que alguno pueda pensar que no sé. Acepto tirones de orejas a este respecto, que una cosa es ver porno y otra el fornicio propiamente dicho (teoría versus praxis).

En este  punto y generalizando una vez más, surge una pregunta: si nosotros recibimos en su día una mejor educación que nuestros hijos, ¿en qué momento la perdimos para comportarnos como en muchas ocasiones lo hacemos ahora que somos padres?

Bien, aclaro que yo no soy padre (o al menos no me lo han contado...), pero por la cercanía y el trato diario con los alumnos algo acabas aprendiendo. Esto es una generalización, pero creo que en muchos casos hoy en día los padres han acabado aceptando esas tesis psicogilipóllicas de los pedabobos, los "psicólogos conductuales" y todos esos profesionales de nombre rimbombante y nula experiencia en la enseñanza, que aun sin haber pisado un aula en su vida te dicen "lo que hay que hacer", porque ellos lo saben bien (desde el plano teórico, será). Ideas giliprogres, que no son sino memeces en muchos casos del tipo de que para educar hay que situarse en planos de igualdad, que no hay que imponer nunca reglas sino dejar espacio a la libertad vital del niño/adolescente y que las pautas de comportamiento deben ser consensuadas y debatidas con los hijos han acabado calando socialmente y se ven, cada día más, reflejadas en que muchos padres tratan de educar desde el colegueo y el buenismo, cosa que suele acarrear más fracasos que éxitos.

El padre NO puede ser amigo de sus hijos en la manera en la que entendemos el concepto de amistad. El padre (madre) ha de ejercer de figura de autoridad, lo que no necesariamente implica autoritarismo, y ha de imponer normas, marcar pautas y establecer límites. Si cedes en eso lo demás ya es imposible y no se puede "dominar" a otros si tu estatus es similar o está en un mismo nivel que el de ellos. Entendamos bien que términos como mandar, dictar normas, establecer pautas y marcar límites no tiene por qué tener connotaciones negativas. Una cosa es disciplina y otra autoritarismo.

Extendiendo esta reflexión hasta lo que me compete, yo tengo clarísimo que ni puedo ni debo ser “amigo” de mis alumnos, quien lo quiera entender que lo entienda. Si lo que busco es crear un ambiente disciplinado que facilite y posibilite el desarrollo de mi labor, debo ejercer desde un plano que esté por encima del de mis alumnos, esto es así y punto pelota. Si abordo esa cuestión desde un plano de igualdad con mis alumnos, esto va a ser imposible aunque sólo sea por un hecho numérico, ellos son más y generalmente más cabrones...

El refranero español es sabio y tiene entre sus muchos ejemplos uno que dice aquello de "donde hay patrón, no manda marinero". La cuestión está en aprender (tarea dificilísima, sin duda) a patronear con justicia y acierto.

Saludos.


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¿Es conveniente que el objetivo de sacarse unas opos para profe sean esas vacaciones/horarios en lugar del estímulo de ser docente, una de las profesiones que más vocacional debería ser?

Que más de uno y de dos habrá que hayan optado por la docencia por el caramelo de las vacaciones no te lo niego. En un abanico de población tan amplio como el del profesorado habrá de todo, como es natural.

Ahora bien, sin vocación esta profesión es absolutamente insoportable, insufrible. Así que si alguien ha dedicado media vida a formarse para dominar una materia a la perfección, por un lado y a saber impartirla, por otro, con el único objetivo de tener buenas vacaciones, pues ya os digo yo que durante el curso debe de estar sufriendo una auténtica tortura.

Si ya empezásemos a hablar acerca de "cómo o dónde aprenden a enseñar los profesores", no acabaríamos. ¿En las facultades de magisterio los maestros? ¿En las facultades de ciencias de la educación cursando el CAP los profesores? ¡JA!

Saludos.


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Me baso en que, mayoritariamente, los "chavales" que estudian en un conservatorio de música lo hacen por vocación y no por obligación (no como el resto, excepto, quizá, la FP y lógicamente los estudiantes universitarios, aunque en todos lados "cuecen habas").

Eso lo llevo yo diciendo desde que comencé mi tarea docente, años atrás. El mayor problema de los profesores de conservatorio es el de la falta de actitud para con el estudio de muchos alumnos, pero no el de comportamientos agresivos o "macarriles" de los mismos, como sí sufren muchos profesores de secundaria e incluso cada vez más, de primaria. Lo que sí veo es que hoy en día casi hay que arrodillarse y besar los pies de los alumnos para que estudien mínimamente en serio. Hay que invertir el triple de esfuerzo para que un alumno consiga una tercera parte de lo que nosotros lográbamos 15 años atrás, pero está claro que siendo la mayor parte de mis clases individuales, difícilmente voy a encontrarme problemas de alumnos que se me encaren o me amenacen. En ese aspecto sí que soy afortunado.

Pero es incomparable el estatus que tenía un conservatorio hace unos años con el que tiene ahora. A la vista de la sociedad en general, hoy en día no somos más que guarderías baratas donde tener ocupados a los niños unas pocas horas más al día.

Por otro lado las horas lectivas no son muchas, esa es la realidad; otro aspecto es el tiempo que emplees en formarte por tu cuenta y en estudiar, amen de posibles conciertos, bolos,etc... posibilidad que permite ganar una buena pasta, al margen de la oficial.

Bueno, las horas lectivas son las que son y coinciden con las de los profesores de enseñanzas medias. Yo he oído docenas de veces comentarios absurdos del tipo de "¿si yo trabajo 40 horas, por qué los profesores no dan 40 horas de clase?". Pues mire usted, dé clase, pruebe. Luego, cuando lo haya probado durante una buena temporada vuelva a decirme eso de que deberíamos dar 40 horas lectivas...

Nunca hago de menos ningún trabajo ni juzgo la competencia de ningún profesional. Pero me repatea que "maestrillos de nada" (no hablo de ti, naturalmente) pretendan saber lo que es ponerse al frente de un aula sin saber hacer la O con un canuto. La enseñanza, frente a muchísimos otros trabajos no se puede de ninguna manera comparar en términos de 1 hora = 1 hora.

Otro tema es el de bolos y conciertos (aquí respondo sólo por mí, pero no por otros) y creo que una cosa no influye en la otra. Si yo doy cursos y me llaman para conciertos, van a ser en su práctica totalidad en temporada estival y por tanto fuera del periodo lectivo, así que no creo que esto influya en mi labor.

Como bien has dicho, las clases son en su inmensa mayoría por la tarde, con lo que el aprovechamiento del día para otros menesteres es mucho mayor. Este aspecto es otra ventaja, pienso.

Pues mira, yo cambiaría encantado si pudiera la mayor parte de las clases de tarde por las de mañana. Supongo que nunca llueve al gusto de todos.

La mayor parte de los días llego a mi casa a las 10 de la noche y eso, desde el mes de diciembre a febrero/marzo, en los que anochece poco después de las 5 de la tarde es agotador. La enseñanza es una labor eminentemente más intelectual que física (aunque no te creas, que 5 clases seguidas acaban con la resistencia de uno y no sólo de cuello para arriba) y para ella necesitas estar lo más despierto y ágil de mente que te sea posible. Hay muchos días en los que notas que a partir de determinada hora y más cuando llevas ya más de 12 horas "en danza" te cuesta ligar pensamientos y expresar ideas con la fluidez que necesitas y desearías.


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En cuanto a las vacaciones(vuelvo a repetir que hablo al margen de inquietudes particulares en cuanto a formación),no nos engañemos,son muchísimas ¿o acaso tienes mucho que hacer desde el día de 22 J? .

Pues estoy en tribunal de oposiciones y tengo fechas ocupadas hasta el día 28 de Julio (Julio con "l").

De acuerdo que eso es este año porque ha coincidido así. Mis vacaciones, como las del resto de docentes son muchas en comparación con las de los demás trabajadores. Eso es un hecho indiscutible. Podemos discutir sobre si son excesivas o no, y también es cierto que son un aliciente para que muchas personas que en principio no tenían a la enseñanza como su vocación, quieran finalmente dedicarse a ella (cosa que es bastante triste, que haya gente cuyo "sueño" de enseñar esté basado no ya en las satisfacciones que en ocasiones produce, sino en las vacaciones que puedas tener).
También tenemos la "cuestión climática". En centro y norte de Europa las vacaciones están más repartidas. Hay una pausa en invierno y suelen comenzar de nuevo en agosto, pero es que a ver quién demonios va allí a las escuelas cuando las temperaturas caen a -20 grados y a ver quién da aquí clase en agosto, con temperaturas de 37 grados en muchas localidades y sin nada que se parezca al aire acondicionado.

Digamos que la enseñanza está en parte retribuida "en especies". El sueldo no es para tirar cohetes, pero a cambio tienes buenas vacaciones. Lo que no acepto es que siempre haya iluminados que sin tener ni idea de lo que hablan (a estos se les suele llamar "expertos en" y lo que es peor... pedagogos (yo les digo "pedabobos")) pontifiquen acerca de la imperiosa necesidad de ampliar el periodo lectivo, naturalmente, sin que subir las retribuciones al profesorado, faltaría plus.

El caso es que históricamente el verano ha sido el periodo libre de los escolares y si no hay niños en las aulas, ¿qué pintan los profesores? ¡Ojo! que nosotros acabamos mucho más tarde y comenzamos mucho antes que ellos, que del 15 al 30 de junio y entre el 1 y el 15 de septiembre hay bastante tarea que realizar. Me sacan de quicio las manidas noticias/reportaje de todos los informativos a estas alturas del año en las que se cuentan las penurias que pasan los progenitores para encontrar una solución a este problema con el que se encuentran ahora al respecto de qué hacer con los niños hasta que ellos tengan sus vacaciones y que habitualmente plantean como solución que las clases se prolonguen un mes más, ¡con dos cojones!

Ya puestos, proponemos un calendario escolar de 12 meses sobre 12 y así los papás y las mamás tendrán aparcamiento eterno para los niños. De esta manera matamos dos pájaros de un tiro: les jodemos las vacaciones a los docentes, esos malditos chupópteros y reforzamos la idea tan establecida en la actualidad de que los colegios, institutos y demás, no son otra cosa que un corral para niños. Sitios donde los llevamos no ya para que aprendan, sino para no tener que preocuparnos de ellos.

Saludos.


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He de añadir que me alegro de que estés realizando el trabajo que te gusta y con el que disfrutas,hecho que considero un privilegio con los tiempos que corren (no dudo que para conseguirlo hayas tenido que superar una oposición nada, nada fácil; suerte para los que se han examinado hoy).

Sí, trabajo en algo que me encanta, lo que no significa que la responsabilidad no sea grande y que no sea duro, no equivoquemos los términos. Y tú, al igual que yo, sabes que a estos puestos puede optar todo el mundo, pero que no todos están dispuestos a dejarse media vida estudiando, primero para obtener todas las titulaciones que se necesitan para acceder a ellos y después superando una oposición tremenda. Una vez logrado esto y siendo ya funcionario de carrera, sólo te queda defender tu trabajo día a día con tu profesionalidad, tu formación y tus conocimientos.

En definitiva, que no es oro todo lo que reluce ni en este curro ni en ningún otro y que si existiese un trabajo con el sueldo de un ministro y las vacaciones de un profesor, ten por seguro que ni tú ni yo podríamos acceder a él.


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Diálogo con un inspector de educación anónimo.
Hilo original: pinchad aquí. Mensaje en cuestión: pinchad aquí.

Hola soy nuevo en este foro, he visitado esta web por casualidad (aunque la casualidad no existe) y he decidido intervenir.

En primer lugar felicitaros porque después de haber leído vuestras interesantes y a veces ingenuas intervenciones, he disfrutado de comprobar cómo de forma altruista dedicáis parte de vuestro tiempo a “ayudar a los demás”, aunque habría que pensar si este foro no es también una especie de “válvula de escape psicológica para docentes desilusionados”. En cualquier caso creo que los foros es una de las partes nobles de este gran mundo que llamamos Internet y este foro no hace más que corroborar mi opinión.

Gracias por las felicitaciones, Señor Dathormon (seudónimo que utilizaba la persona a la que estoy contestando). Seguro que estoy equivocado y perdone por tanto que se lo diga, pero en su manera de utilizar las comillas adivino una clase de ironía que personalmente no me gusta. Le diré que este es un punto de encuentro dedicado a la Guitarra en casi todas sus vertientes y vista desde múltiples puntos de vista. Lo del foro de docentes desilusionados debe ser por algún otro lado.
Coincido plenamente con su percepción de los foros como una parte capital del vasto mundo de Internet.

En segundo lugar (quizás debería haber sido el primero) presentarme, pues soy inspector de educación y creo que mi punto de vista puede aportar una visión algo diferente y espero que también constructiva para todos aquellos que tengan dudas y prejuicios.

Disculpe, pero es que no se ha presentado usted. Yo soy José M. Bailo, profesor de Guitarra en un conservatorio de Zaragoza y es un placer saludarle. ¿Su nombre es?

Y ahora me gustaría contestar a muchas de las intervenciones que he visto y me han sugerido bondadosas respuestas y en algunas ocasiones confieso que algo maliciosas. Como no tengo tiempo, simplemente escribiré algunas observaciones que creo os pueden resultar interesantes y en algún caso no demasiado agradables.
Por un lado, creo que en ocasiones lo que estáis preguntando o reivindicando es algo así como “¿cómo puedo vivir mejor?” o “¿cómo puede la administración solucionar el problema de mi falta de vocación?”.

Si tiene usted respuestas maliciosas o poco agradables para el oído que ofrecer, le ruego por favor que no se reprima. Aquí todos los puntos de vista son aceptados siempre que se emitan desde el respeto y la educación. Cualidades que, aún sin conocerle, le presupongo.
Creo que lo de intentar vivir mejor es una aspiración humana desde que el mundo es mundo y es algo que, convendrá conmigo, no solo ocurre entre los profesores (o docentes). Tanto los servicios públicos como las empresas privadas se sustentan en personas y estas intentan prosperar y mejorar en todos los planos. Vivir mejor no es solo ganar más dinero o trabajar menos. Vivir mejor para un docente también es sentirse realizado y satisfecho con su trabajo y con la repercusión y trascendencia del mismo en sus alumnos. Si quiere, podemos debatir acerca de nuestros puntos de vista particulares sobre lo que consideramos sentirse realizado como profesor.

Felicito al moderador que aunque a veces muestra su verdadera cara, en la mayoría de casos contesta asertivamente con gran acierto todas las intervenciones.

No sé si está usted felicitando sinceramente a los moderadores de esta web o les (nos) está llamando hipócritas. ¿Podría aclararme esta duda, por favor?

Por otro lado me gustaría aclarar que un profesor es un docente, no un mero transmisor de conocimientos. Entre sus funciones no está sólo la de enseñar contenidos conceptuales o procedimentales. Y no sólo me estoy refiriendo a los contenidos actitudinales, temas transversales, etc. Me refiero a las famosas competencias que deben adquirir los alumnos.

Suscribo sus palabras.

Quizás alguien piense que pueda resultar prepotente (aunque tras leer algunas de vuestras “excelentes intervenciones” creo que algunos han olvidado aquella frase de “sólo sé que no sé nada”). Pero ese es el problema, que yo hablo como inspector, pero vosotros, en ocasiones, no asumís vuestro papel de docente.

Me resultaría difícil percibir prepotencia en sus palabras. A fin de cuentas ¿qué sabemos nosotros en comparación con un inspector que nos recuerda que está claramente por encima de nosotros en el escalafón educativo?
Yo tampoco estoy de acuerdo con algunas y a veces con muchas de las opiniones vertidas en este foro, pero para eso está la posibilidad de rebatir y argumentar. Nunca me burlaría de ellas como usted sí ha hecho. ¿Quién de entre nosotros, según su criterio, está capacitado entonces para verter su opinión aquí? ¿Quién da y quita razones con carácter absoluto?

La cuestión y lo que verdaderamente importa es que sois (o queréis ser) profesores con lo bueno y lo malo que eso comporta. Yo soy inspector y asumo mis responsabilidades, ya que es algo que he elegido voluntariamente, igual que vosotros (y siento por los que estéis en la enseñanza porque no habéis encontrado trabajo en otros campos).

No seré yo, desde luego, pero también habrá quien opine que los inspectores de educación lo son porque no tenían la suficiente valía como para ser docentes, pero bueno.
Usted ha encontrado su vocación en la inspección al igual que otros lo hemos hecho entre la música y la enseñanza de la misma. Cierto es que hay profesores que aterrizaron en el aula por casualidad o porque era la única salida profesional digna que pudieron encontrar. También es cierto que muchos de ellos han acabado enamorados de su profesión y siendo dignísimos profesionales. Por el lado contrario, he conocido profesores vocacionales con un gran amor por la enseñanza, pero a los cuales su falta de conocimientos y/o preparación los ha condenado a la mediocridad más absoluta (siendo generoso).

Tampoco pretendo que no reivindiquéis aquellos cambios que creáis convenientes (como profesionales de la enseñanza) para la mejora de la calidad educativa del sistema educativo. Lo que no podéis pretender es que la administración educativa, ni los alumnos se adapten a lo que a vosotros os puede convenir a nivel personal. Como tampoco es conveniente que asumáis vuestro papel de manera sumisa y pasiva acatando las posibles disfunciones que se puedan derivar de aplicar una nueva normativa como ahora la LOE

Al final, las relaciones dentro de la cadena educativa (administración – profesorado – alumnado – padres) acaban siendo por fuerza un “entente cordiale” en el que todos aportan y todos tienen necesariamente que ceder en alguno de sus planteamientos y objetivos iniciales. Lo que está claro es que no todas las partes en juego pueden tener el mismo peso. Creo poder afirmar que usted y yo no estaríamos de acuerdo si cuantificásemos la importancia en el hecho educativo de cada una de esas partes, u ordenásemos las mismas por orden de relevancia siguiendo dichos criterios particulares.

Pero sí debemos ser conscientes de una realidad, y es que los profesores (y por ejemplo los inspectores también) no deciden la normativa, sencillamente la aplicamos. Claro que es susceptible de ser modificada, pero no nos corresponde a nosotros esta tarea… ¿y a quién le corresponde?

Es una ampliación de lo que he opinado en el punto anterior. Creo que SÍ nos corresponde a los profesores (al menos en parte) el tener voz y voto sobre la normativa. Siendo retóricos, ¿acaso un cirujano no va a tener poder de decisión acerca de las técnicas quirúrgicas que va a aplicar a un paciente determinado?
No pretendo tener las respuestas correctas, pero lo que no es lógico es que las Leyes Educativas cambien de arriba abajo por el mero hecho de que el color político de un gobierno cambie. Todo profesional necesita estabilidad y un referente al que agarrarse y tan profesional considero al docente en su faceta como al alumno en la de aprender.

Cuando escucho a los profesores de matemáticas que exigen más horas para impartir una asignatura considerada como instrumental, cuando escucho a los profesores de inglés que exigen más horas ya que sus alumnos no adquieren las competencias básicas necesarias para desenvolverse en el mundo tras cursar los estudios preuniversitarios; y cuando os escucho a vosotros… ¿quién tiene más razón?

Posiblemente todos y ninguno la tienen. Quizá sería necesario tomar decisiones antes sobre las prioridades que sobre lo superfluo. Ciencias, Humanidades, Artes, Materias prácticas... todo tiene cabida en el currículo y es normal que cada “gremio” quiera lo mejor para su materia de referencia y considere que el tiempo que los planes de estudios le dedican es insuficiente. El caso es que los alumnos (desde niveles de Educación Infantil hasta la Universidad) de hoy en día acuden a los centros tantas o más horas que lo que nosotros lo hacíamos en nuestro tiempo como estudiantes. Pero en cambio, es de opinión generalizada que salen con menos preparación. ¿La culpa? La ratio de alumnos por aula, tecnócratas, burócratas, profesores, alumnos, los padres, la sociedad, Internet, el sursuncorda... Como suele decirse: "entre todos la mataron y ella sola se murió".

La Escuela (en mi opinión particular y subjetiva), no está para educar, sino para instruir, dotar de competencias a los educandos y reforzar de manera general el proceso educativo. A la misma velocidad que los padres se han alejado de las responsabilidades educativas, La Escuela ha perdido peso y pujanza en cuanto a la educación, para pasar a ser un mero vehículo de instrucción y socialización.

Esa es la misión y visión de la administración, una visión objetiva que vosotros no podéis tener y desgraciadamente a veces una visión política que a veces vosotros también tenéis.

¿Podría argumentar el porqué no podemos tener una visión objetiva de ese tema?

Nuestra profesión no es fácil ni difícil. Ahora mismo recuerdo cuando amigos me dicen aquello de “¡qué bien vivís los funcionarios!”. Yo contesto asépticamente “si quieres ser funcionario puedes presentarte a oposiciones” (y pienso: “y luego verás”)

Es justo lo que yo le contesto a los míos. Consigue tu licenciatura, sigue formándote durante años, prepara y gana tus oposiciones (cosa sencilla...) y luego a ¿disfrutar?

Termino opinando que no soy partidario de la visión paternalista de algunos maestros de cara a sus alumnos pero tampoco la falta de implicación de algunos profesores. Debemos entender la enseñanza de una manera pragmática y realista (sin dejar de sentirnos orgullosos ni perder la ilusión de ser los verdaderos protagonistas de educar a los hombres del mañana). En el sistema educativo los alumnos son los alumnos, y los docentes sois los docentes. Es algo que debéis aceptar. Es algo como casarte, lo haces por propia voluntad y no para cambiar a tu pareja, sino porque la quieres tal como es, pero eso no significa que dejes de trabajar todos los días para conseguir una mejor convivencia, sin dejar de asumir y respetar a “la otra parte”

Me gusta el párrafo, se lo digo con toda sinceridad. Pero es que leyendo y releyendo entiendo que su opinión es que los profesores debemos centrarnos en hacerlo lo mejor posible (cosa que evidentemente comparto) pero sin molestar a “los de arriba”. La moraleja de dicho párrafo y corríjame si me equivoco, es que asumamos nuestro rol secundario y no intentemos poner en tela de juicio lo que la Administración hace. Se ve que también en la Educación “los caminos del Señor son inescrutables”.

Un saludo afectuoso

Otro para usted.
 

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Quiero adjuntar, para finalizar, un texto del escritor leonés José María Menéndez López referido precisamente al bajo estatus que concedemos a la educación en estos sombríos tiempos que corren. Se puede decir más, pero probablemente no se pueda decir mejor:

Concurres a un mercado donde renta mayores beneficios la prostitución que el desempeño de un maestro, el fraude que la honradez, el plagio que la creatividad. Extiende eso hasta donde quieras, o inviértelo: la enseñanza es gratuita, el vicio oneroso: los principios están corrompidos hasta términos de infamia: la sociedad educa sin cargo a un individuo durante dos décadas, y se sorprende cuando ese mismo individuo arroja a la basura un patrimonio de dioses que, puesto que no le cuesta nada, en nada valora. Una cultura que tasa en más el trabajo de sus putas que el de sus maestros está condenada a perecer. (...)

Regalamos el acceso a los templos del conocimiento y ofrecemos a cualquiera sus tesoros; en cambio, exigimos sumas obscenas por minucias cuyo único valor radica en no ser o en ser fugaces. Nuestros hijos nacen a un mundo donde la sabiduría no tiene precio ni a nadie se le ocurre estipularlo, pero donde cualquier matarife del tedio se cotiza como si de oro se tratase, y luego nos lamentamos de que esos mismos niños, ya hombres sin crédito, corran enceguecidos tras un espejismo de satisfacción que no existe, que jamás ha existido.


Montesquieu ha muerto, que decía aquel. Nihil nobis sub sole (Nada nuevo bajo el sol).


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lunes, 9 de agosto de 2010

Jerome David (J. D.) Salinger.

Reorganizando (más bien despojando de polvo) alguna de mis estanterías llenas de libros me topo como por casualidad con mi viejo ejemplar de El guardian entre el centeno (The catcher in the rye). Lo tomo entre mis manos y lo ojeo con una mezcla de curiosidad y de añoranza. Parece mentira que todavía siga ahí y que me siga resultando tan evocador, tan familiar, tan cercano tantos años después de haberlo leído por primera vez.

Han pasado algunos meses ya desde la desaparición de su autor, pero me apetece estrenar este humilde blog escribiendo no ya sobre él, sino sobre su afamado retoño literario.

Si no leí 10 veces "El guardián entre el centeno" entre los 14 y los 16/17 años no lo leí ninguna. Me sentía absolutamente atado a ese libro (y a muchos otros, que siempre fui un compulsivo devorador literario) y aun cuando nunca consideré la calidad como escritor de Salinger a la altura de otros contemporáneos suyos como William Faulkner, Tom Wolfe, Scott Fitzgerald, Truman Capote, Arthur Miller, John Steinbeck, Tennessee Williams o Ernest Hemingway, el hecho de haber escrito esta que sin duda fue novela pionera en su género le ha hecho merecerse ese pequeño rincón en el olimpo de los literatos norteamericanos.

Para el gran público, Salinger es un autor de una sola novela o como dicen los anglosajones, un one hit man. Pasa con él algo parecido a lo que ocurre con John Kennedy Toole y su "conjura de los necios" y también en cierto modo el gran (en sentido físico) Ignatius Reilly de la novela de este último podría considerarse como la "evolución degenerativa" de Holden, el adolescente protagonista de la novela de Salinger. Recuerdo que en el instituto, mientras mis compañeros leían (los que leían) novelas chorras de estas del tipo "elige tu propia aventura", a mí -por pura presunción, supongo- me gustaba que me viesen leyendo "Al este del edén", "Adiós a las armas", "Las uvas de la ira", "De ratones y hombres", "Muerte de un viajante","El gran Gastby", "Un tranvía llamado deseo", "El arpa de hierba", "La hoguera de las vanidades" o "Absalom, absalom". Todas estas obras, más que leerlas, las devoré en mi adolescencia y aunque algunas de ellas las he releído posteriormente, no he experimentado ni por asomo las mismas sensaciones que aparecieron por aquél entonces. Debe ser que perdí mi espíritu rebelde en algún momento entre el final del instituto y los 20 años...

Pero volviendo a Holden Caulfield: supongo que mi absoluta atracción por él (meramente espiritual, no confundamos los términos) se debía a que me sentía muy identificado tanto con su carácter melancólico, introvertido y taciturno como con su vívida y algo surrealista imaginación. Todos nos hemos sentido solos en el mundo e incomprendidos durante nuestra adolescencia, nuestro periodo más existencialista*. Esa soledad del alma, esa sensación de estar desubicados dentro de un entorno que se muestra eminentemente hostil, esa búsqueda de sentido a todo lo que nos rodea es parte del proceso de madurar. Holden no es el cliché de un rebelde arquetípico a lo James Dean y de hecho, ni siquiera es valiente a la manera de los estereotipados personajes de las películas que con regularidad acude a ver siempre en el mismo cine. Es un ser solitario, tremendamente inteligente, sensible, tímido, algo débil emocionalmente y mucho más dependiente de los demás de lo que él mismo quiere aparentar ser.
Si hago introspección y me retrotraigo a casi veinte años atrás veo que yo también me sentía así y la empatía emocional entre el personaje real (servidor) y el imaginario obra el resto. Para mí el gran acierto de la novela es la atmósfera de melancolía que destila cada una de sus páginas. Es una novela triste a la vez que bella, en mi opinión.

Hay una -maravillosa- novela a la que siempre le he encontrado un gran parecido con "el guardián entre el centeno". Me estoy refiriendo al primer tomo de Crónica del alba, del muy aragonés Ramón J. Sender y más en concreto a la parte en la que un ya adolescente Pepe Garcés, su protagonista, deja a su familia y marcha a Alcañiz a trabajar como mancebo de botica Allí conocerá de primera mano el no siempre limpio mundo de los adultos y tendrá que lidiar con la soledad, las dudas existenciales, el amor por necesidad y la necesidad de hallarlo, la nostalgia del amor verdadero que ha quedado lejos, el sexo y la bajeza inherente a la condición humana. Si habéis leído alguno ambas novelas quizá coincidáis conmigo. Si no lo habéis hecho, ya estáis tardando.

¿Se puede vivir sin leer? ¿Cómo puede alguien renunciar voluntariamente a la literatura?

Y con esto, creo que ya he cumplido en este mi estreno bloguero. Es tarde (demasiado, diría yo).

Salud y suerte

* Os recomiendo abandonar por completo el existencialismo. Es una droga que te destroza desde dentro y te reduce a la nada. Abrazad en cambio el humanismo como única y verdadera religión. Yo lo hice...
Aforismo: se es sin duda más feliz en la aceptación resignada de la propia ignorancia que en la búsqueda compulsiva del conocimiento ajeno. La lástima es que rara vez hago caso a mis propios convencimientos.


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